Este año, en el Día Mundial de la Alimentación se conmemora el 80 aniversario de la fundación de la FAO y el lema utilizado es «Mano de la mano por unos alimentos y un futuro mejores».
Como podía ser de otra forma, en las primeras líneas destacan el hambre y junto a él el aumento de la obesidad, otra forma de malnutrición que también afecta más a los más vulnerados. No podía faltar en este primer vistazo una referencia al desperdicio generalizado de alimentos que, como remarcan, señala a un sistema desequilibrado, donde abundancia y escasez coexisten.

Algunos aspectos se desglosan más que otros, pero no cabe ninguna duda de que el despilfarro alimentario se produce en todos los sectores, en todos los entornos, en todas partes y, evidentemente, todos tenemos un papel importante e imprescindible que realizar en este aspecto.
Los consumidores muchas veces compramos más de lo que necesitamos y no valoramos lo que realmente cuestan los alimentos (y no sólo económicamente).
Las distintas cadenas de producción y distribución están repletas de pérdidas y desperdicio, tanto de los alimentos como de lo que conlleva el sistema agroalimentario
- desde los descartes pesqueros hasta las ofertas a otros eslabones de la cadena para exonerar la responsabilidad de una producción excesiva,
- desde el trabajo precario para conseguir productos económicamente competitivos hasta la contaminación por exceso de químicos o de transportes,
- desde las guerras y conflictos por los recursos hasta el agotamiento o contaminación de acuíferos,
- desde un sistema mercantilista que sólo busca el máximo beneficio a costa de lo que sea hasta el privilegio de unos pocos bien alimentados frente a muchos subalimentados o, lo que es peor, mal alimentados, con el riesgo que conlleva eso de enfermedades, mortales o cronificadas en beneficio de unas pocas empresas.
Así podríamos seguir enumerando causas y consecuencias del escándalo del despilfarro alimentario. En el fondo encontramos lo que nos recordaba recientemente el Papa León XIV en su exhortación cuando decía que «todavía persiste —a veces bien enmascarada— una cultura que descarta a los demás sin advertirlo siquiera y tolera con indiferencia que millones de personas mueran de hambre o sobrevivan en condiciones indignas del ser humano».



