Cómo el alimento (y su despilfarro) moldea nuestras vidas

Cómo el alimento (y su despilfarro) moldea nuestras vidas

Desde esta web os recomendamos la lectura del libro Ciudades Hambrientas de Carolyn Steel (Ed Capitán Swing), que expone cómo el alimento moldea nuestras vidas, nuestras ciudades. Es un libro de análisis histórico y de reflexión acerca de nuestra relación con la comida (desde la tierra a la ciudad, del mercado a la cocina y la mesa). Plantea cómo hemos ido progresivamente desvinculándonos, como personas y como sociedad, de la producción de alimentos y del proceso que sirve para llegar hasta nuestros platos.

El libro dedica un capítulo entero a los “Desperdicios”, que son el símbolo de nuestra forma de vida actual. El despilfarro no es un fenómeno secundario, aislado, marginal. Es el elemento que representa, de forma más clara, nuestro estilo de vida. Especialmente grave en el desperdicio, pérdida y derroche de alimentos.

A continuación reseñamos algunas de las ideas expuestas sobre este tema:

  • Estamos inmersos en (y mantenemos y propiciamos) una cultura del despilfarro de todos los recursos de los que disponemos. Vivimos en una sociedad de consumo en la que todo es desechable (coches, ropa, móviles,… incluso en perfecto uso, pero que ha pasado su “fecha de caducidad cultural”). Hemos perdido la capacidad de diferenciar entre valor material y valor aplicado. El despilfarro representa, simboliza, nuestra forma de vida.
  • El más grave de todos los despilfarros es, sin duda, es el de los alimentos, ya que con él se desechan todos los recursos para producirlos (agua, tierra, trabajo, energía, fertilizantes…).
  • En el derroche alimentario no sólo debemos contar el hecho de arrojar comida a la basura, sino todas las pérdidas, desperdicio e ineficiencias de la cadena alimentaria (formas de producción y transformación, consumos de alimentos kilométricos y fuera de temporada, emisiones de CO2,…). Esta realidad es lo contrario a la eficiencia que se nos intenta vender.
  • Hemos llegado a un punto en el que desconocemos el valor de los alimentos. Tirar comida no nos parece un hecho grave, simplemente, porque es un residuo biodegradable. Nuestra sociedad opulenta ha perdido el valor de la comida y, con ello, la inmoralidad que supone tirarla.
  • Estamos, cada vez más, desconectados de la cultura alimentaria. Nos parece más fácil y mejor tirar alimentos a la basura por su fecha de caducidad que comprobar si está aún en buen estado. Lo queremos todo perfecto, y como además nos resulta relativamente barato, preferimos descartar y reponer con una nueva compra.
  • Las fechas de consumo (preferente o caducidad) se establecen de forma muy garantista de la seguridad, lo que acorta ya de por sí enormemente la vida real de los alimentos. Y aun así, tanto la distribución como los consumidores descartamos toneladas de alimentos sólo por la fecha impresa, lo que aún acorta más su vida real.
  • Por otra parte demandamos alimentos visualmente perfectos, pero sin sabor ni nutritivos. Hemos sido educados durante décadas como consumidores para preferir frutas o verduras impecables estéticamente, con el mismo calibre o color, que no muestren ninguna señal de que los alimentos son naturaleza, y por tanto, viva y diversa. No somos conscientes de que esta forma de comprar es negativa para nuestros bolsillos, para nuestra salud y que ello genera un enorme despilfarro de alimentos en toda la cadena alimentaria, incluso desde el mismo campo.
  • En este mismo sentido, cuando acudimos a comprar, queremos tener todos los alimentos siempre accesibles, disponibles, perfectos, frescos. Los supermercados modernos se encargan de que las estanterías siempre se muestren rebosantes, que nos de sensación de inagotables, sin ningún asomo de que los alimentos “están vivos”. Para conseguirlo, muchos miles de toneladas de alimentos acaban en los vertederos.
  • Para disponer de esta mercancía siempre perfecta a la vista, y que aguante una larga manipulación y unos transportes kilométricos, es necesario recolectar las frutas y verduras sin haber llegado a su punto de maduración. Compramos más agua y menos nutrientes. Y con apenas sabor. Alimentos que en muchas ocasiones pasan de la inmadurez a la pochez (y por tanto a la basura) sin pasar por fases realmente idóneas para su consumo.
  • Cuando tenemos melocotones bonitos que no se pueden comer y cubos de basura llenos de piezas que sí se pueden comer, es que algo está podrido en nuestro sistema alimentario.
  • La industria alimentaria actual es, antes que nada, un negocio. Todo exceso es derroche, pero para ella es un beneficio potencial, y por tanto ni se previene ni interesa hacerlo.
  • La distribución prefiere comprar (muy) barato y en exceso para cumplir con las expectativas creadas al consumidor (los comedores colectivos y la restauración hacen lo mismo). Prefieren eso a adquirir alimentos con más calidad, pagando mejor a los proveedores y generando menos despilfarro.
  • Las donaciones de alimentos se ven como como servicios de urgencia y potencialmente peligrosos para sus usuarios. Las organizaciones dedicadas a la recuperación de alimentos destinados a la basura, deben actuar como si fueran conductores de ambulancia ante una emergencia, con el fin de no romper la cadena de frío y evitar el mínimo contratiempo. Se les imponen unas condiciones y normativas exageradamente estrictas, complicando su labor.
  • Este sistema alimentario obliga a producir más y más, más barato, con menos costes y al precio que sea, aunque eso suponga destruir recursos como suelo, agua, contaminación o explotación de la mano de obra. Esto es algo que ya sucedió en otras civilizaciones como Mesopotamia, Roma o Grecia, pero se ve que hemos aprendido poco de sus errores.
  • En el libro Colapso de Jered Diamond, se expone que muchas veces no tomamos las decisiones acertadas, a pesar de tener ante nuestros ojos las consecuencias de mantener el sistema, cuando aún se podría evitar el problema. Lo hacemos así porque llevamos siglos entrenándonos para no verlo.
  • La suciedad, los residuos, el despilfarro que vemos en nuestras calles es apenas nada comparada con todo el veneno, contaminación, destrucción y despilfarro que nuestros alimentos generan incluso antes de llegar hasta nosotros. De hecho, al menos un tercio de ellos no tendrían que haberse producido, pues ni siquiera nos molestaremos en comerlos una vez los tengamos ya en nuestras casas.
  • En nuestra naturaleza está valorar las cosas por las que tenemos que luchar: lo que se obtiene con facilidad es fácilmente rechazado.
  • El despilfarro es el eslabón perdido en la cadena alimentaria global: el elemento esencial que conforma o interrumpe la totalidad del ciclo. Las ciudades del pasado eran conscientes del valor de los alimentos como para despilfarrarlos. Si rompieron el ciclo orgánico era porque desconocían las consecuencias de su consumo a largo plazo. Nosotros no tenemos esa excusa. 

Fecha de publicación original:

En inglés 2014

En español 2020

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